Las verdades que duelen en el boxeo

Irse del boxeo también es pelear

Amigos, irse del boxeo es una de las peleas más difíciles que existen.
No se entrena, no se programa y casi nunca se gana por nocaut. Es una pelea silenciosa, interna, y muchas veces solitaria. Y lo más duro es que casi nadie te dice cuándo ya es momento de colgar los guantes.

En el boxeo nos enseñan a aguantar, a resistir, a no rajarnos. Nos aplauden cuando seguimos de pie después de un golpe fuerte y nos señalan cuando decidimos parar. Por eso no es raro que muchos no entendamos cuándo debemos irnos. Nos aferramos a lo que fuimos, a lo que todavía creemos que somos, y cerramos los ojos ante una realidad que duele.

La gente, muchas veces, tampoco ayuda. Falta valor para decir la verdad. Nadie quiere ser el malo de la historia, nadie quiere cargar con la culpa de decirle a un peleador que ya no debe seguir. Y entonces seguimos ahí, peleando una más, y otra más, creyendo que el siguiente campamento será distinto, que esta vez sí va a salir.

Pero el cuerpo no miente. El reflejo tarda un poco más, las piernas ya no responden igual, los golpes se sienten distinto. Y aunque el corazón siga siendo grande, el ring ya no perdona como antes. Esa es una verdad que cuesta aceptar.

En estos últimos meses he visto compañeros a los que estimo, peleadores con historia, con nombre, con respeto ganado a golpes, que ya no deberían estar arriba del ring. No lo digo desde la crítica, lo digo desde la preocupación. Me genera angustia verlos pelear, porque sé lo que está en juego. No solo es ganar o perder, es la salud, es la vida, es lo que viene después.

Uno quisiera que no pasara nada malo, que todo saliera bien, pero cuando ya no es tiempo, seguir es buscarle ruido al chicharrón. Y el boxeo, cuando cobra factura, lo hace sin avisar.

Muchos creen que retirarse es rendirse. Yo no lo veo así. Retirarse a tiempo también es un acto de valentía. Es entender que ya diste lo que tenías que dar, que tu historia ya está escrita y que no necesitas arriesgarlo todo para demostrar nada más. El problema es que el aplauso se vuelve adicción, la adrenalina se extraña y el silencio pesa.

Además, ¿qué sigue después? Esa pregunta asusta más que cualquier rival. Por eso muchos se quedan, porque el ring se vuelve casa, identidad, refugio. Afuera hay incertidumbre, y no todos están preparados para enfrentarla.

Aquí también hay responsabilidad de los que estamos alrededor: entrenadores, managers, promotores, amigos. Decir la verdad a tiempo es un acto de cariño, aunque duela. Aplaudir cuando alguien decide irse con dignidad debería ser normal, no excepción.

Yo siempre he pensado que el boxeo es noble, pero no perdona. Te da mucho, sí, pero también te exige saber cuándo parar. No todos tendrán el final perfecto, pero todos merecen tener la oportunidad de irse completos, de disfrutar lo que construyeron, de vivir la siguiente etapa.

No escribo esto para señalar a nadie en particular. Lo escribo porque me duele ver a compañeros sufrir innecesariamente. Porque sé lo que es estar ahí, porque conozco esa voz interna que te dice “una más”, aunque todo alrededor diga lo contrario.

Ojalá aprendamos a escuchar más y a hablar con más honestidad. Ojalá entendamos que irse del boxeo también es pelear, y a veces, la pelea más importante.

Amigos, el ring siempre estará ahí. La vida, no siempre da revancha.
Al ratón le gusta el queso.

Erik Morales

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